España es tierra de vinos. De una calidad excelente, la mayoría. Nada que envidiar a otros países, digamos, más prestigiosos; y muy por encima de casi todos los demás. Lo bueno de esta tierra nuestra, además, es que producimos excelentes vinos en cualquier región. Aunque algunas tengan más fama que otras. Aunque algunas sean injustamente menos valoradas, o directamente olvidadas. Es el caso de Menorca, por ejemplo. Una buena tierra que siempre tuvo gran tradición vinícola, desde los tiempos de los romanos y los fenicios nada menos. Su ubicación en el Mediterráneo la convertían en una parada estratégica en las rutas comerciales, y su vino era un bien apreciado. Por desgracia, las grandes plantaciones de viña se fueron perdiendo siglos más tarde y con ellas la tradición de hacer un vino auténticamente menorquín.

Un sueño y una misión: recuperar la tradición
Y esa es precisamente la misión que se autoimpuso Carlos Anglés hace 40 años. Recuperar la tradición vitícola y de producción de vinos con personalidad que hablasen –y bien- de la tierra que los producía: Menorca. Carlos plantó las primeras viñas en la casa de campo que acababa de comprar en Sant Lluís, al sur de la isla, en 1979. Como gran apasionado del vino, su única pretensión era producir un buen vino para consumo propio, esto es, familiares y amigos. Y, de paso, cumplir su sueño de reivindicar que en Menorca también se podían producir excelentes caldos.

Pero, claro, el sueño se fue haciendo cada vez más grande, y la producción empezó a sobrepasar lo que familiares y amigos podían consumir, dentro de los límites del sentido común. Y así, como siguiendo un proceso natural, casi involuntario, el sueño fue dando paso al negocio. Poco a poco, desde finales de los 90, Carlos fue adquiriendo los terrenos colindantes a su casa para aumentar la producción; plantó viñas con diferentes varietales y construyó una bodega. En 2001 Bodegas de Binifadet no sólo era ya una realidad, también un proyecto de vida para Carlos y su familia. En 2004 sacaron su primer vino al mercado. Desde entonces, este proyecto sostenible y en perfecta armonía con la naturaleza no ha dejado de crecer, en producción, en variedad, en calidad y en prestigio. Dentro y fuera de Menorca, incluso traspasando fronteras (Reino Unido, Bélgica, Alemania, Puerto Rico).


Una familia alrededor del vino

La tierra sobre la que nacen, crecen y dan sus frutos los viñedos de Binifadet no es una tierra cualquiera. Un total de 12 hectáreas asentadas en un subsuelo calcáreo especialmente rico y propicio, sobre de piedra marès y cubierto por una capa arcillosa, que ayuda a producir uva de gran calidad. A la belleza salvaje de esta parte de la isla, más rural que turística, se une la frescura y las fragancias de los viñedos, el aire cálido y húmedo del Mediterráneo, la magia del campo menorquín. Y su luz, la Luz de Menorca, raíz de la vida y el principal alimento de sus vides.

Tampoco la familia Binifadet es una familia cualquiera; desde el principio se han involucrado en el proyecto, además de los Anglés, colaboradores de diferentes ámbitos que han acabado formando parte de esta gran familia que vive su pasión alrededor del vino. Proveedores, clientes, amigos, profesionales… todos son parte esencial de Binifadet. Una bodega abierta a todos, a través de su restaurante y de las miles visitas que acuden cada año a descubrir de primera mano los secretos de la bodega. Y que se llevan, además de los matices de sus vinos, en la retina y en el paladar, un trocito de Menorca en el corazón.

De El Bulli a Wallmok
Los vinos de Binifadet, amables, sutiles pero con mucha personalidad, han conquistado muchos miles de paladares desde que vieron la luz las primeras botellas. Una personalidad que ha enamorado también a los grandes. En 2006 el mismísimo Ferrán Adriá decidió incluir el Chardonnay de Binifadet en su carta de vinos. Luego llegaron otros, como Tristán de Portals, Casa Fuster o el Grupo Tragaluz, y otros grandes restaurantes de Barcelona y Madrid. Un pequeño porcentaje de la producción se dedica a la exportación.


Wallmok, fiel a sus principios de apostar por pequeños productores locales, apasionados del campo y los procesos naturales, también ha confiado en Binifadet para sus vinos. Concretamente El Merluzo, el más joven y marinero de su bodega; un vino blanco que deja una sensación fresca y amable en la boca, ideal para veladas en las que el tiempo es lo de menos…

Hoy, la misión que comenzó Carlos Anglés hace cuatro décadas ha tomado el relevo de la siguiente generación. Desde 2012, Lluís y Patricia están al frente del negocio para continuar avivando el sueño de recuperar la tradición vitícola de Menorca y llevar sus vinos hasta todo aquel que quiera compartir su pasión por el campo y la vida menorquina, por su luz y por su tierra. Una tierra que también es la nuestra.